LA ICONOGRAFÍA

Sobre la Belleza

            El ser en cuanto tal, es decir en cuanto que es – todo aquello que es -, tiene atributos que le son participados del Único Ser que es en sí mismo – que no necesita de otro para ser ni para poseer sus atributos.  Dios -, a saber: el ser es Uno, Bueno, Bello y Verdadero.  No nos detendremos aquí para hablar de estos atributos ni mucho menos para hacer una disertación filosófica sobre alguno de ellos; pero sí creo necesario decir algunas palabras sobre “lo Bello del ser”.

Decimos que el ser es bello por que es, en la existencia misma del ser radica su noción de belleza; pero esto no es solamente “filosofía”; ¿por qué decimos que el ser es bello solo por existir?  Dios, el Único que es, el Único Bello, le ha participado de Su belleza.  Luego, si por la participación de Dios decimos que el ser es bello, la noción de belleza será aquella que nos proyecte a Dios, que nos acerque a Dios.

Ciertamente podemos diferir en la preferencia entre un Miguel Angel, un Rembrandt o un Chagall, sin embargo, este tipo de belleza hace alusión a deleites sensuales, a sensaciones externas, a excitaciones de nuestros sentidos o de nuestra imaginación a través de las formas, colores, los sonidos, etc.  Pero todo queda ahí, encerrado entre el artista, su obra y el espectador.  Se dice que el arte es expresión de sentimientos, proyección del pensamiento del autor, sin embargo, la percepción es meramente subjetiva.

Para nosotros, la belleza no puede ser subjetiva simplemente por que debe darnos a Dios, debe mostrarnos a Dios, debe acercarnos a El, tal vez  sin manifestarlo expresamente, como en el nacimiento de un nuevo ser – ¡quién negaría la belleza de este momento! – , pero en el fondo, en la esencia del acto creador de la nueva obra está Dios presente para darse a nosotros.

Pues bien, bello, entonces es aquello que nos accede a Dios, independientemente de nuestra cultura, las influencias externas generadas en nosotros.  Todo lo demás son preferencias, gustos, afinidades, sin negar el carácter de “cierta belleza”. 

En la medida en que “nos dejemos hacer por Dios”, El mismo nos mostrará la belleza de Su Rostro y quitará toda subjetividad que no nos deja asir Su presencia.  Hemos de aprender a “leer la belleza de las cosas en cuanto nos dan a Dios”

            El hecho de actuar, hablar e incluso pensar de forma reflexiva, puede ser demasiado absorbente, pero siempre podemos mirar.  Cuando soñamos, vemos; cuando miramos frente a nosotros mismos, vemos.  Cuando cerramos loa ojos para descansar, vemos.  Vemos árboles, casas, caminos y coches, mares y montañas, animales y personas, lugares y cosas, formas y colores.  Vemos claramente o vagamente.  Pero siempre encontramos algo para ver.

Pero ¿qué elegimos realmente para ver?  Hay una gran diferencia entre ver una flor o una serpiente, una sonrisa amable o unos dientes que amenazan, una pareja amándose o una multitud hostil.  Tenemos que elegir.  De la misma manera que somos responsables de lo que comemos, somos responsables de lo que vemos.  Es fácil convertirse en la víctima de una vasta colección de estímulos que nos rodean.  Carteles, carteleras, televisores, videocasetes, películas y escaparates asaltan continuamente a nuestros ojos e inscriben sus imágenes en nuestra memoria.

No podemos ser víctimas pasivas de un mundo que quiere entretenernos y distraernos.  Podemos aún tomar decisiones y hacer elecciones.

Una vida espiritual en medio de una sociedad que se siente sin fuerzas requiere que demos pasos conscientes para salvaguardar aquel espacio interior donde podemos mantener nuestros ojos fijos en la Belleza del Señor.

El Icono

El gran tesoro del arte occidental quizá sea más atractivo, sin embargo los iconos están creados con un solo fin: ofrecer acceso, a través de la puerta de lo visible, al misterio de los invisible.  Los iconos están pintados para llevarnos a la habitación interior de la oración y colocarnos cerca del corazón de Dios.

En contraste con el arte occidental, los iconos están pintados de acuerdo con las normas del pasado, heredando la tradición iconográfica de los santos, los mártires y de los apóstoles mismos –San Lucas-.  Sus formas y colores no dependen simplemente de la imaginación y del gusto iconográfico, sino que han ido pasando de generación en generación en obediencia a una tradición venerable.

La primera ocupación del iconógrafo no es darse a conocer, sino proclamar el Reino de Dios a través de su arte.

Los iconos están pintados para tener un lugar en la Divina Liturgia y, por tanto, de acuerdo con las necesidades de la Liturgia.  Así como la Liturgia en sí, los iconos intentan ser un reflejo del cielo.

La palabra es la traducción lógica de la Verdad; el icono es su símbolo plástico.  La belleza no está en el icono  -como obra de arte-, sino en su verdad, en lo que represnta, en el misterio divino que oculta entre sus trazos

El fundamento bíblico del icono se encuentra en la creación del hombre a imagen de Dios. Ciertamente, el mejor icono de Dios es el hombre; durante la liturgia, el celebrante inciensa a los fieles con el mismo título que a los iconos.  La Iglesia saluda a la imagen de Dios en los hombres.

El icono no es una encarnación, ni tan siquiera un lugar, sino un signo sensible de la presencia irradiante invisible.  La imagen lleva el nombre del original, y no su naturaleza.  Luego no hay ninguna ontología inscrita, en un icono.  Sólo el nombre diseñado y así atestado en su irradiación más real.

El icono no tiene existencia propia, no hace más que guiarnos; tiene una función pedagógica de enseñanza, es una llamada constante de Dios y excita el deseo de imitación.  Incluso el perfecto necesita de la imagen, como necesita el libro para el Evangelio.

Lo que el libro nos dice por la palabra, nos lo anuncia el icono por el color y nos lo hace presente.

Toda obra artística se sitúa en un triángulo cerrado: el artista, su obra, el espectador.  El artista ejecuta su obra y sucita la emoción en el alma del espectador; el conjunto se encuentra encerrado en un inmanentismo estético.  Y si la emoción pasa a la experiencia religiosa, ésta se debe a la capacidad subjetiva de tal espectador.

El icono, por su carácter sacramental, rompe el triángulo y su inmanentismo mismo.  Se afirma independientemente del artista y del espectador, y suscita no la emoción, sino el advenimiento de lo trascendente.  El artista desaparece tras la Tradición que habla; la obra de arte se convierte en Teofanía, manifestació de Dios, ante la cual no se puede quedar uno espectante, sino que debe prosternarse en un acto de adoración y plegaria.

La Liturgia, aquí abajo, es el icono de la liturgia celeste, y los hombres son unos iconos del misterio angélico de adoración y de plegaria.  Todo esto es participación y presencia.  Toda parcela del ser creado, en su existencia misma, recita la oración eucarística: “Te ofrecemos de lo tuyo lo que es tuyo”.  (Exclamación Litúrgica en el momento de la Elevación de los Santos Dones).

La potencia de un icono viene de su contenido, manifiesta el Espíritu.  La iconografía nos inicia en lo suprasensible; la realidad empírica se diluye ante la lectura de los prototipos del pensamiento divino.  Así, lo propio del icono son las esencias presentes, la revelación del esquema espiritual oculto.  Se dirige a los ojos del espíritu.

El icono se dirige a los ojos del espíritu para hacer contemplar los “cuerpos espirituales” de los que habla san Pablo.  Todo lo que sea adorno psíquico, gesto dramático, afectación o agitación queda radicalmente suprimido.

La iconografía es toda una ciencia acabada que hace sentir, casi palpar, el mundo de lo inteligible.  Así las relaciones entre las dimensiones reales de los seres y de las cosas no entran en modo alguno en un icono, pues éste no dibuja la naturaleza, sino que traza su figuración esquemática y la muestra interiorizada en su sumisión al espíritu humano.

No existen claro-oscuro, ni relieves con sombras, pues en el mundo del icono no se pone el sol.  Es el día sin ocaso, el mediodía irradiante de la encarnación sin sombra ni oscuridad.  La fuente de luz está ausente, pues la luz está en el interior del icono que ilumina todos los detalles de su propia composición.

Esto explica por qué los iconos no son fáciles de “ver”, de “leer”.  No hablan inmediatamente a nuestros sentidos, no los excitan, ni los fascinan, ni mueven nuestras emociones o estimulan nuestra imaginación.

Al principio, en cierto modo, se manifiestan como algo rígido, sin vida, esquemático y triste.  No se nos revelan a primera vista

 

 

 

 

 

 

EL TRIUNFO DE LA ICONOGRAFÍA

Entre los años 717 y 741 d.C. existieron varias herejías que intentaron eliminar el más mínimo uso de las imágenes (iconos), y que pretendían instaurar una serie de “reformas religiosas”; resultando así dos principales proclamaciones en contra de los iconos: La primera, en el 726, que colocaba a las imágenes en un lugar “casi” idolátrico; y la segunda, en el 730, que, definitivamente, declaraba eliminarles.

San Juan Damaceno y San Basilio el Grande dan fin a ésta controversia:  “Los  iconos deben servir como un monumento a la muestra de heroísmo de los Santos”.  “El honor rendido al icono pasa al prototipo que representa”.  Los iconos nos sirven para “Imitar las virtudes iluminadas en él y para glorificar a Dios”.

Finalmente, los Padres del séptimo Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea en el 787 d.C., decretaron la correcta doctrina sobre los santos iconos y se promulgaron a favor de su uso en las iglesias y en las casas de los fieles, rindiéndoles honor como expresión de su Fe en Cristo encarnado, pero no adoración, la cual sólo es ofrecida al Único Dios verdadero.  Padre, Hijo y Espíritu Santo.

PROCLAMACIÓN DEL GRAN CONCILIO ECUMÉNICO (787d.C)

  Así como los profetas vieron, así como, los Apóstoles pensaron,  así como, la Iglesia lo ha recibido, así como los santos Doctores han dogmatizado, así como el universo acordó, así como la gracia se ha manifestado, así como la verdad ha sido revelada, así como la falsedad ha sido disuelta, así como la sabiduría se nos ha presentado, así como Cristo nos ha recompensado.  Esto es lo que creemos, esto es lo que declaramos, esto es lo que precísamente proclamamos:  A Cristo nuestro verdadero Dios, y honramos a sus Santos, con palabras, con escritos, con pensamientos, con ofrendas, en iglesias y en Santos Íconos; así pues, adoramos y damos culto a Cristo como Dios y Señor y honramos a los Santos como siervos de nuestro Dios y Señor, por su virtud y devoción a Cristo nuestro Salvador.

              ¡Ésta es la Fe de los Apóstoles!  ¡Ésta es la Fe de los Santos Padres!  ¡Ésta es la Fe de la Iglesia!  ¡Ésta es la Fe sobre la cual el universo ha sido fundado!